Libros prohibidos nos permite atisbar esas primeras lecturas, indudablemente formativas, que signan a la persona que las transita. Pero aún más, Shua nos deja entrar en un momento clave de su propia biografía: ese fin de la adolescencia donde aún la infancia está tan cercana pero que es sin dudas umbral del adulto que seremos. Con esa medida combinación entre pudor y desfachatez que alienta su prosa, la escritora nos niega su biblioteca o las lecturas de su actualidad pero, obsequiosa, nos permite mirar en los sitios donde esos libros, que llevamos y nos llevan, crecieron irremediablemente. Así se arma esta trama de azares y regalos, con la Antología del cuento extraño de Rodolfo Walsh, leída en las visitas a casa de unos tíos, o el descubrimiento de Akutagawa (y tantos más) gracias a las lecturas de Cortázar. Desde la pasión por ser otro y vivir otras vidas, marca donde todo aquel que fue un lector niño se reconoce, hasta el deslumbramiento, allí adonde la literatura nos recuerda que ninguna historia humana termina bien, y al mismo tiempo, nos sirve para sumergirnos una vez más en la ilusión de la eternidad.