La comunicación epistolar no ha de morir del todo. Prueba de vida tienen en la kafkiana novela, escrita por Ariel Magnus, ‘Cartas a mi vecina de arriba’, literatura trazada desde la intención de provocar al lector a leer cartas ajenas. Lo que es prohibido y deseado. A falta de correspondencia propia, pues mira la del otro. Y está buenísima la historia de dos vecinos, que desde lo extravagante y lo raro, en el mismo condominio, haciendo gala de que personalmente no pueden tratar sus diferencias, se dicen de todo un poco cartas de por medio.

Ella, vieja, añosa, fosilizada en sus temas. Él, neurótico, solitario y amante de los silencios imposibles, se enfrentan, letra a letra, por un tema de zapatos de taco, que instalados en los andares de la dama truenan piso abajo, donde el amargado vecino aguarda cada compas de los pies taladradores para desatarse en escrituras, que suben de nivel y furia. Ella responde con ruido y sentencias. El odio a pocos metros. La enemistad que ha echado raíces. Pero nada es lineal. De pronto giros de la vida, de los párrafos, del destino. Un final de novela. Nunca mejor dicho.